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Critica

1999: Jorge M. Taverna Irigoyen - Prólogo "Itinerario", Argentina.

Cuando la actitud deviene formas, el arte profundiza su sentido expresivo y ahonda sus imágenes. Es lo que ocurre con la obra de Silvia Brewda, animada por una corriente interior que siempre –desnuda de alegorías fortuitas– va tras una esencia testimonial. Entonces silencio / dolor / enigma / tiempo / vacío / infinito, marcan sus códigos de transferencia ante el plano o la carnalidad de un objeto, de una caja u otros cuerpos en el espacio. Brewda, en un imaginario casi vehemente de significantes, estructura un discurso que parte del Origen. Es primitiva en el énfasis que da a la materia, pero también hay un sentido arcaizante en cierto latido intemporal que cabe en gran parte de sus propuestas cromáticas: documentos de una historia que los hombres acuñaron en la región de los ayeres. Su pintura parte de una materia trabajada casi mineralmente, entre tramas, y frotages, entre impresiones collagistas y monotipos, que convoca a lo háptico. Ese fondo de sus planos, tan grave y a la vez tan sensual, puede contener microcosmos inverosímiles de seres y animales, de astros y signos, de mitoformas y escrituras. Dentro de los mismos, crecen laberintos y alturas cósmicas, todo tan naturalmente como si ese universo transcripto fuera –ni más ni menos– que el que devino de la creación. La obra de Brewda germina entonces en floraciones secretas, casi mágicas. No es que se lo proponga, apriorísticamente, sino simplemente porque esas referencias que aparecen casi nadando en el espacio cromático, son genealogías de otras formas. Huellas que quedaron para que el ojo las descubra, las recree y les dé nueva vida. Improntas sigilosas de un pasado que el nuevo hombre necesita. Arqueologías y zoos de una dimensión alucinante. Todo este sunstractum, que a veces raya en dimensiones rupestres (que sin embargo supera) dan a la pintura de Silvia Brewda una síncopa sensorial y sensitiva que escapa a los encasillamientos ísmicos. No importa que trabaje los fondos casi jerárquicamente, y sobre ellos escriba acontecimientos y dé forma a laberintos. Tampoco importa que, en oportunidades, su plano se revierta en una suerte de escenografía mágica, ritual y feérica, como un montaje de alegorías. Importa, sí, que fuera de toda evasión lúdica su obra patentice siempre un testimonio vivo. Y que entre ocres y tierras, entre gamas de azules y rojos, verdes de esmeraldas y tenues blancos, sus pigmentos levanten la arquitectura de una memoria indescifrable y sin embargo familiar. Memoria de tiempo y de atavismos, que Brewda transcribe con ejemplar capacidad de taumaturgo.