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Critica

1998: Rosa María Ravera - "Tránsitos Americanos, Silvia Brewda" , Prólogo "Puerto a Puerto", Argentina

"...Sus obras parecen hablar por sí solas. Aún cuando el formato de cuadro es regular, sugieren una dimensión dilatada, por lo general monocroma, siempre poblada de figuras humanas muy pequeñas, así como de animales míticos, de sacralidad oriental. Las imágenes son germen de narraciones vinculadas a culturas del pasado: jeroglíficos mayas, barcazas fenicias, testimonios egipcios, vasijas, frisos y ornamentos. Entre esas imágenes venerables la artista ha destacado correlaciones y afinidades esenciales. Los puntos cardinales, ya no alejados, subsisten bajo el común denominador de un Espacio omniabarcante, teñido de resonancia existencial. De por sí característica constitutiva de la pintura, la especialidad está aquí, en consecuencia, sobredeterminada. O sea, es doble. A poco de mirar y de observar se llega a otra conclusión: se trata de un Espacio/Tiempo. (¿No son acaso las condiciones trascendentales de la experiencia humana?). La extensión pictórica suele estar ordenada por franjas horizontales, en coincidencia con la linealidad de la lectura a la que nuestra civilización nos ha habituado. A veces la orientación de las figuras va de izquierda a derecha, otras veces ya no es así, hay inversión, reversibilidad, libertades imprevistas que expanden la diseminación. Algo fundamental aún no se ha dicho: esta pintura es Escritura, de nuevo en doble sentido. Por ser imagen ya produce signo, pero lo generado posee, en su mismo núcleo, o sea conjuntamente, valor icónico y lingüístico. Resulta de la labor de años, la mente de la artista ha producido un imaginario que funciona como Esquema transcendental: fuente de todo lo que deviene como sensorialidad perceptiva o como discurso. Las que aparecen en las telas, en efecto, son unidades figurativo lingüísticas. En la raíz de la misma representación constatamos una heterogeneidad básica. No extraña. Desde el vamos este arte contamina, mezcla signos, razas, culturas, recuerdos, idiomas. Está claro, Brewda no adhiere al modelo que la modernidad nos ha legado, de pura visibilidad, donde el discurso es foráneo, concepto que culmina en modalidades autorreflexivas y tautológicas. Sus intentos han ido por otro lado, imposible no apreciar, en los logros obtenidos, una visión del hombre y del mundo. Aquel, suspendido, oscilante como una pluma, casi siempre está en caída, arrastrado en ocasiones por el torbellino de movimientos espiralados. Así en “Tempestad”, donde la violencia atmosférica parece apaciguada por la regularidad vertical de la plomada y la procesión ceremonial de los animales. La estilización de Brewda propone una humanidad de magnitud ínfima, flotando sin rumbo en el espacio cósmico. Un universo que dista mucho de ser abstracto. Está situado, posee marcas contextuales explícitas y nos remite a configuraciones del pasado que pueden significar amparo, sostén y una perdurabilidad que a la condición humana le es negada. Las estructuras arquitectónicas prevalecen. La inspiración es histórico afectiva (una tradición de estudios en la familia). Preside la composición el diseño exacto, imponente, de construcciones centrales, de columnas de grandes dimensiones junto a los arquitrabes y capiteles, fragmentos todos ellos pertenecientes a esas difusas y fluctuantes constelaciones –tan globales como diferenciadas- denominadas cultura, cuyo valor histórico es exaltado. El arte de Brewda respira espiritualidad. La medida del hombre es para ella absolutamente insignificante, pero no lo es aquello que sus tareas supieron crear. Esa sedimentación de la cultura ha fascinado a la artista y atrae a quién, al acercarse a las pinturas, mira y escucha el silencio de lo que fue, y está todavía allí, en inscripciones que delatan el devenir milenario. Es el llamado del espíritu objetivo hegeliano. Así como contrasta con la fragilidad del existente es también su apoyo, dado que, en fin de cuentas, es su producto. Múltiples modalidades centradas y descentradas, originales articulaciones lineales, repetitivas, bordes, frisos, bandas que son, también, vendas, no hacen sino poner ante los ojos lo que es un Monumento, huella del hombre. No dejamos de notar que el conjunto de las imágenes se inscribe/escribe en un fondo que contribuye eficazmente a la significatividad global. El soporte de la pintura, en efecto, confirma tales devenires en virtud del dominio de la técnica y de hábiles manipulaciones creativas. Un trabajo artesanal perseverante y hábitos de impresión (antigua dedicación del grabado), facilitan la inserción de los estratos, las borratinas, las pátinas, el grosor de texturas convertidas ahora en dominio arqueológico. La tela bidimensional puesta al servicio de la búsqueda de Lugares: los que pueda habitar la contingencia humana. El animal junto al hombre. Quizá ambos en algún momento puedan compartir la armonía de un espacio de conmemoración y de encuentros. A través de un lenguaje que connota, a la vez, arcaísmo y contemporaneidad, con su torre de Babel tan antigua y tan actual. Una expresividad que se ha aplicado a religar tiempos y espacios, culturas y cartografías de las que pueda derivarse una contribución vivencial a nuestro presente. Un arte no sólo americano, con aspiración a lo eterno..."