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Critica

1998: Juan Hadatty Saltos - "El simbolismo integrador de Silvia Brewda", Diario El Telégrafo, Guayaquil, Ecuador.

"...Las inmensas pirámides que al cielo/ el arte humano osado levantara/ para hablar a los siglos y naciones / templos de esclavas manos / deificaban en pompa a sus tiranos / ludibrio son del tiempo que con su ala débil, los toca y los derriba al suelo;/ después que fácilmente el fugaz viento borró sus mentirosas inscripciones,/ entre las ruinas del completo olvido / yacen: el sacerdote, el dios y el templo...". Estos versos que escribiera nuestro poeta mayor José Joaquín de Olmedo hacia 1830, vienen a nuestra memoria frente a la exposición de la pintora Silvia Brewda (Buenos Aires, 1949), que se está presentando el la Galería de David Pérez Mac Collum. La individual comprende treinta telas pintadas a la acrílica, en varios formatos de reciente data, bajo el título “Punto, Coma, Guión... Historias”. Retrospectivamente registramos otras intervenciones de la artista: “Arqueologías” 1997, “Señalar, Navegar, Desplegar” 1996, “Textura del Tiempo-Memoria” 1995, “a, e, i u o, Pandora” (Objetos, 1994), “De Mitos y Sueños) 1993, “Encounter”, “Del Sur” (1992), “Perzoonario” (1990), etc. Como vemos los nombres de las exhibiciones dicen de tiempo, historia, cultura y sueño, además de comprobar que Brewda ofrece siempre, bajo determinados conceptos, verdaderos conjuntos o series y no sumas heterogéneas de piezas sueltas. Su influencia claramente primigenia es la de la arquitectura, pues en su familia hay constructores, si bien ponderan otras importantes manifestaciones de identidades asirias, babilonias, egipcias, judías, persas, griegas que comprenden todo el orbe en los últimos cinco mil años, muy señaladamente las del Medio Oriente y las de nuestra América (mayas, incas, guaraníes, charrúas, etc.). Ahora bien, en toda comunidad hubo y hay logros importantes y también aberraciones. La contradicción es el motor evolutivo de las sociedades, según todas las doctrinas en boga; de ahí que nuestra rememoración de la estrofa olmediana que inicia estas líneas. Mientras hay fastos, inventos, obras artísticas y literarias y también dominadores del poder, científicos, innovadores, ideológicos, existen junto a ellos –anónimos y numerosos– otros seres humanos que ayudan, gustos o no, a empujar el carro de la historia y todos ellos también son autores, aunque olvidados, de las aportaciones de una sociedad determinada al patrimonio universal. Los documentos existentes y los idearios más éticos y avanzados, registran los enormes conceptos positivos y negativos del comportamiento social. Tomemos como muestra la leyenda de la Torre de Babel, uno de los temas recurrentes en el imaginario de Silvia Brewda. Su faena no consiste en analizar íntegramente el tópico mencionado, ni tan siquiera tratarlo con intensa hondura. Porque ella no quiere agotar el conocimiento de una cultura dada, sino guiarse por diferentes formaciones socio-culturales o remotas en el espacio y el tiempo. Silvia no es –aparte de poseer una muy buena cultura general– arqueóloga, paleontóloga, antropóloga o historiadora, y menos sacerdotisa, teóloga o reformadora social. Ella es una creadora plástica que trabaja con referencias que le sirven para su acción pictórica, y que las escoge, combina, cambia, toma o deja a voluntad. No tiene, por tanto, que cumplir con ninguna norma, ni observar exactitudes que no hagan relación con su desarrollo profesional, de modo que libremente alude, cita, evoca, apropia, abandona o retoma. Puede sincretizar y sintetizar a su aire, todos los signos, símbolos e iconos míticos, para llegar al extremo de la hibridez, si lo desea. De modo que su producción plástica contiene un carácter integrador, que se plasma en una resolución estética metafórica en busca de la transcendencia. Sus cuadros no reflejan sino que tropologizan las grandes realidades y realizaciones del ingenio humano en épocas y latitudes. Así, su reelaboración nos incita a ensayar lecturas más ricas y amplias del texto que nos brinda. La suya es una conjunción, una integración no solamente de fondo cultural histórico, sino, además, un aglutinamiento histórico de las técnicas del oficio. Presenta una composición siempre simétrica, sin obviedad; su obra no es normativa ni tampoco caótica, sus movimientos son libres hasta la espontaneidad y obtiene agradables cadencias al colocar pequeños elementos móviles que suavizan, por gráciles, la sólida presencia de volúmenes arquitectónicos. Apreciamos que actúa con soltura, aunque mantiene el control, la organización del soporte, sin esquematismos ni dogmas, muy fluidamente. Nos cuenta Brewda que antes, por muchos años, solamente dibujó sin parar. Le costó mucho embridar su caligrafía diseñística y mezclar materiales y técnicas. Lo logró en forma tal, que ahora no bosqueja; a veces solo anota lo que aproximadamente va a poner sobre el jaspe de sus texturas. Prepara desde sus telas y empieza texturando desde el lienzo como un rito. Personas hiperactivas como ella no sufren estrés porque disfrutan su labor. Pintar es para Silvia un juego rutinario y sorprendente, que la asombra a sí misma cada vez, porque son nuevas texturas y calidades que aparecen, nuevos empastes, relieves y depresiones, nuevos signos y micro-grafías, después de atarearse en superposiciones y veladuras a gusto. Silvia Brewda hace objetos de arte, unas cajas decoradas que se cuelgan como esculto-pinturas o se posan sobre mesa o tablero, capaces de valorarse desde diferentes planos de observación. Las hace cuando las dos dimensiones no le bastan para expresarse. Para una pintura un tanto testimonial y documentaria debe idearse una cromática apropiada y la artista argentina lo consigue. A simple vista sus telas son monocromáticas pero en realidad tiene un caudal de matices en descensos y degradaciones tales, que los sutiles cromatismos ejercen en el espectador efectos vibratorios de baja intensidad. Aplica tonos beige, gris perla, maíz, sil, ocre, greda, gres, ladrillo, siena, marrón tostado, rosa antiqua y algunos cromos asimilables a rodocrocita, amatista o lapizlázuli, hasta oros y platas viejos. Todos estos valores de su paleta, comunican vejez y belleza a la obra, sin caer en el amaneramiento ornamental. Ella domina el frotado, el empapado, el esponjeado; estampa o dibuja sobre el fondo textural, mini-figuras, no decorativas como Ray Smith, sino como identificando sus obras con pequeños sellos o tatuajes. Para lograr lo buscado recurre a todos los artificios de la cocina pictórica, desde el absorbido hasta el monotipo, de marquilla o plantilla stencil, al uso de sanguíneas y carboncillos. Todos sus saberes los funde y hace funcionar con los contenidos, en una cabal integración. Utiliza mucho las guardas, grecas, márgenes ilustrados, ribetes laterales, columnatas centrales, todos llenos de signos, grafismos que representan un glosario completo de símbolos, lemas, lenguajes crípticos o cábalas. Desfilan por sus pinturas los motivos seriales de frisos, ánforas, obeliscos, domos, estelas, pirámides, ábsides, discos, ojivas, cimborrios, arcadas o frontispicios. Podemos observar de su muestra, que no emplea marcos ni molduras, pinta hasta sobre el canto del bastidor para no cortar ni limitar su propósito. Al menos comentaremos brevemente dos de tantas impresiones. Aquella situación de corro o ronda, donde pequeños hombres saltan en grupo, caen y se levantan, vuelan y se estrellan y vuelven a volar, avanzan y retroceden, fracasan y triunfan, como jugando a la vida. Silvia Recuerda a su maestro Emilio Renart, un apóstol de la enseñanza que sembró en su mente la motivación que hoy, como docente, transmite a sus alumnos. Hablando de jóvenes estudiantes, pensamos con agrado en su políptico modular. Cada pieza o parte funciona independientemente como un cuadro único, o bien combina en el conjunto, que al guindarse puede componerse de muchas maneras para que siempre se vea bien y distinto, tal que un puzzle. O mejor, se nos antoja un juguete iso-homogéneo, pictórico y objetual a un tiempo, para armar, cuyas piezas o módulos colgantes, equilibran y decoran con recato: un objeto compuesto de arte, interactivo y polimórfico, de soluciones múltiples. Es mucho más lo que podemos escribir de la imaginativa y virtuosa Silvia Brewda, recolectora e integradora de información visual como una trashumante. Para cerrar este comentario evaluatorio, por ahora añadiremos solamente, que los grandes trances, como el finisecular que vivimos, los pueblos, sus sociedades, sus artistas, –sensibles antenas receptoras y transmisoras– escogen todo lo rescatable de su acervo cultural, vuelven sus ojos al pasado y se sustentan en sus fuentes radiculares para enfrentar el reto siempre incierto del futuro, en nombre de los alcanzado hasta hoy por la humanidad. La pintura de la maestra rioplatense parece congelar este preciso momento en sus telas. La investigación le presta raíces profundas, valederas, y la inspiración, el numen, le proporciona la metáfora, el meta-lenguaje, las alas, es decir el vuelo.