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Critica

1997: Victoria Verlichak - "Intimidades y Detalles", Catálogo Arqueologías, Argentina

El orgullo de Silvia Brewda al hablar sobre los artistas de su familia es sólo comparable con la alegría que siente con la presentación de esta muestra, que se interroga por los orígenes, expresa su desasosiego y deja entrever su confianza por el triunfo de lo humano. Silvia es una artista que ama su trabajo, a pesar y por los parientes, las advertencias y los años en este oficio. Su vínculo con las artes visuales se remonta a unos precoces 11 años cuando, adelantada, preparó su ingreso a la escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Hoy, después de muchos años de pintura, enseñanza, tempranos premios, sustos, crisis, dibujos, murales y mucha más pintura, Silvia es feliz buscando nuevos significados en antiquísimas nociones, sin temor a mostrar sus equivocaciones y arrepentimientos. Brewda comenzó a dibujar sola a los 10 años. Sabía que le iba a gustar antes del primer instante. Pero la familiaridad con los lenguajes del alma no la preparó para el necesario ensimismamiento y la particular batalla que sobrellevó en los años de aprendizaje y exploración. Ahora, a los 48 años, la intensidad de la búsqueda continúa pero está acompañada por otras angustias, otras certezas y gratificaciones. “Yo salteé la mi adolescencia porque elegí pronto y mi entrega fue absoluta. Tenía compañeras de todas las edades. Jugué poco, me tomaba todo muy en serio. Pero me encantaba y trabajaba muchísimo. El apoyo de mi familia fue total” En su composición hay estructuras y formas arcaicas que sostienen su investigación e informan un trabajo que incluye la experiencia intangible de su padre ingeniero. “Tenía seis años y me acuerdo como si fuera hoy del día que nos mudamos a un departamento que construyó mi padre en Almagro, un barrio del que nunca más me fui”. Su muestra inaugural es una brillante individual en Atica. Son imágenes perturbadoras, tramas, dibujos exhibidos en plena dictadura. En 1978. Silvia, abrumada siente que necesita un cambio, Emilio Renart la ayuda a desarmar, desajustar todo lo que había acumulado desde los 12 años. Repleta de angustia, vuelve a una pintura gestual, impulsiva. Su obra actual está abrigada por intimidades y detalles. “Reparo en lo mínimo y lo disfruto. Me gusta preparar las telas, pensar en los fondos. Decido el color dominante y me lanzo a trabajar con las tramas. Casi no boceto, a veces suelo hacer pequeñas listas para poder empezar”. Sensible y tímida, exigente y generosa, ahora despliega un collage de historias, torres de babel, cajas nuevas, animales en movimiento que muestran a una artista en permanente ebullición, con fuertes emociones que conspiran contra el acomodo y motorizan cambios e indagaciones. “El hombre siempre se me cae, sale de los sitios asignados” dice. En un acto de fe y en diálogos son otros seres y demás elementos de sus pinturas, ese hombre se levanta. La recuperación no es instantánea pero desde el fondo de la historia aparece un juego de equilibrios. Como el que Silvia guarda entre el arte y su familia inmediata: Eduardo, su marido arquitecto, y sus dos jóvenes hijas.