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Critica

1995: Laura Gil - "El Pulso de la Pintura Argentina, S. Brewda", El Caribe, República Dominicana

...Silvia Brewda... nació en Buenos Aires, Argentina, en 1949. Estudió en la Escuela Nacional Manuel Belgrano de Artes Visuales, se graduó como profesora de dibujo en el Instituto Pueyrredón. Estudió además en los talleres de otros artistas, y ha ejercido la docencia por largo tiempo, en escuelas especializadas y en su propio taller. Entre 1967 y 1983 realizó murales, vitrales y diseños para azulejos. Ha realizado exposiciones individuales y participado en colectivas en su país, en el nuestro, en Guatemala y Estados Unidos, en Santo Domingo, había presentado ya en el Museo de Arte Moderno la exposición “De Mitos y Sueños” en 1993. Por lo que toca a premios y reconocimientos, Brewda obtuvo una Primera Mención en 1993 del Premio Gunther que otorga el Centro de Arte y Comunicaciones fundado por el crítico Jorge Glusgerg, y del que también formó parte el artista argentino Leopoldo Mahler, tan conocido en nuestro país. También ha conseguido importantes premiaciones en grabado y dibujo, y el segundo Premio Basf de Pintura. Sus principales participaciones en colecciones públicas permanentes son en museos de su país y en nuestro Museo de Arte Moderno. ...Silvia Brewda exhibe en su totalidad uno de los síntomas culturales; en el sentido de Ernst Cassirer, más propios del fin de siglo y de milenio, de estos tiempos que se han dado en llamar postmodernos. La pintura es aquí el instrumento de una búsqueda arqueológica, pero de una arqueología fantástica, o mejor diríamos vivencial, semejante a la de Anne y Patrick Poirier. Arqueología en que el fragmento no es sólo un elemento útil para la recreación racional, sino un señuelo de la memoria poética y un disparador para las funciones psíquicas que se nutren de las energías de los arquetipos, de la memoria colectiva, del pasado y del presente en tanto que hunden sus raíces en lo intemporal. Los frescos pompeyanos del tercer estilo y del cuarto, y las arquitecturas fantasmagóricas de Piranesi Y de Tatlin, resurgen aquí para la construcción de un mundo donde no hay nada más fantástico que la razón, ni nada más coherente que los sueños, donde la sistematicidad y la lógica que impone la definición racional de los trazos suponen una claridad que no tienen paralelo en el absurdo mundo. Lo arqueológico, lo histórico, lo arquitectónico, colaboran en una construcción del mito, al mismo tiempo que articulan los espacios y volúmenes en delicados juegos de equilibrio, en simetrías sutiles, en fragmentaciones insinuantes y en pululaciones rítmicas, hormigueantes, como las tentaciones en los cuadros del Bosco. Factura y color colaboran de manera decisiva a imprimir en el espectador estados materiales matizados, pero no confusos, plenos de un sentido enérgico de precisión y lejanía. De modo que los azules, los amarillentos y los rosáceos tontos evocadores del mosaico, de la piedra, del mármol, trasponen a signos visuales todo lo que de presencia en la ausencia, de mítica "saudade", contiene para el alma del hombre occidental, y más si es un artista, la evocación de las fuentes y orígenes de una cultura que quizás vive ya su ocaso.