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Critica

1990: Nilda Durante - Prólogo "Perzoonario", Galería Lagard, Buenos Aires, Argentina

Dos años atrás, las palabras de Santiago Kovadloff, señalaban la “intención paródica”, el “empleo casi corporal del color”, y el “deleite por el movimiento y el ensueño” en la obra de Silvia Brewda. Intentaríamos ahora encontrar la génesis expresiva a partir de la afirmación que la artista aquí nos ofrece de esa poética. En los dibujos de 1978 Silvia Brewda nos decía que... “ese hombre atado... se somete a la realidad como aceptando las circunstancias”... Aquellos sutiles prisioneros de un estado de cosas –en clave onírica- lo eran también del purismo formal o dibujo virtuoso que obsesionaba a su creadora. Es ella misma quien define luego sus primeras pinturas como más cercanas a dibujos coloreados para dar cuenta después de una transición hacia expresiones más audaces de la materia pictórica. Hay una inicial fascinación por la mancha y lo informal desde donde se configura su actual imaginería. Los seres surgen de una impronta automatista, pero otra moción actúa sobre esa sugerencia a fin de que la gestualidad no pase sino decantada para plasmarse en una suerte de cosmogonía. Silvia Brewda crea también el hábitat de esos seres preparando las superficies, creando texturas; sus pinturas acrílicas integran poéticamente técnicas múltiples: collage, monocopia, estampado, a través del uso de pinceles, dedos, trapos, chorreados. En su producción actual los trabajos sobre papel, técnicas mixtas de pequeños formato mantienen una relación fluida con las grandes telas: no se anteceden ni suceden entre sí como boceto y cuadro sino que aparecen como transcripciones de un lenguaje a otro, mudanza lúdica capaz de recoger incluso el accidental recorrido de una gota de pintura para incorporarlo como forma. La imagen ha seguido sus leyes internas y el momento actual revela el goce de crear, surgido del mismo acto de producción de cada obra, proceso del cual la contemplación de la muestra sólo nos permite entrever indicios. Ese momento inicial es el del soporte colocado sobre el suelo y el movimiento ritual de la artista que lo rodea para inscribir la primera “mancha”. Los desplazamientos en torno de la tela alejan la incidencia de todo “a priori” espacial en el devenir de las imágenes, y sólo después de este encuentro con el gesto la obra continuará su desarrollo en la posición más convencional del caballete y el muro. Quizás como señal de una anterior etapa abstracta, esta caótica captación de la imagen figurativa acepta restringidamente las pautas de la representación plástica. Silvia Brewda opera en la dinámica de lo múltiple de un “espacio activo” que se homologa con el alcance del propio movimiento corporal dando lugar a deformaciones de tono expresionista. En ellos se alude más a la actitud que ha la mimesis, más a la situación que a la posición del objeto representado. La potencia del color mantiene este énfasis aún desde las gamas bajas. La mitología personal de la artista ha hecho surgir seres contradictorios, nacidos del esfuerzo por liberarse –creador y criatura- de las ataduras de los primeros dibujos. Son formas no clasificadas por la naturaleza o la tradición fantástica; son queribles y terribles “como la vida misma” “tienen una historia que es contada a través de las obras”. La ambigüedad del “ángel”, la imbricación de figuras de “Mundo” la población humanoide “Juego” contrasta con las connotaciones más familiares de “Filomena”, “Maruja” o el “gato”. También ellos comprometidos con la movilidad exceden sus entornos, entran y sale de escena, juegan en esa multiplicidad de estructuras espaciales y temporales de la imagen trazada zonalmente. La frecuente referencia a etapas de la creación parece necesaria para asistir al despliegue de la imagen, acceder a su lenguaje y conocer los enlaces internos de una obra que crece desde sí misma en la intensa y joven trayectoria de Silvia Brewda.